El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Rebosando amargura y vergüenza por su impulsiva acción Neale abandonó el garito donde acababa de ocurrir el episodio con Beauty Stanton. ¡La ira y la tortura le habían puesto fuera de sí! ¡Qué se hubiese atrevido aquella mujer a pronunciar el nombre de Allie! ¡Inconcebible! ¿Conocería acaso su historia?
Anduvo sin rumbo por las oscuras calles y el ejercicio y la frescura de la noche le calmaron. El silbido de una locomotora le hizo decidir abandonar Benton al punto, en el primer tren. Precipitadamente recogió su equipaje uniéndose al gentío que, no obstante lo avanzado de la hora, se dirigía a la estación.
Un disgusto, que era un dolor, le acongojaba. Como tantos otros, había hecho cosas cuyo mejor remedio era olvidarlas. ¡Qué fatalidad en el mero pronunciar de su nombre! ¡Qué poder de exaltación!
Por la ventanilla del desvencijado coche atisbó las pálidas luces y confusas siluetas de las tiendas.
—¡El fin… de Benton…! ¡Loado sea Dios! —murmuró. Comprendía perfectamente hasta que punto había ve lado sobre él la Providencia.
Tardó cuarenta y ocho horas en llegar al campamento siguiente, a Roaring City. Un poblado mayor que Benton estaba ya en vías de construcción… Tiendas, casas de madera… entoldados y cabañas… la misma mezcolanza, pero bajo los rojizos cantiles de Utah.
