El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XXXIII

Pálido y austero se ponía el sol mientras Neale contemplaba alejarse el tren que se llevaba a Allie. En aquel solemne momento no se le ocurrió pensar en sí mismo. Allie Lee vivía… salva terminadas sus angustias…, camino de un hogar seguro, con su padre… El largo convoy tomó la curva desapareciendo… Para Neale fue final, definitivo. Una fase de su vida terminaba allí.

—Se acabó, muchacho —dijo Slingerland, que le observaba—. Allie se va a su casa… adonde le corresponde estar… a disfrutar de los suyos. ¡Loado sea Dios! Y en cuanto a ti… el día de hoy te vuelve a poner dónde es tabas… Allie te debe su vida y la de su padre. Piensa, muchacho… ¡cuánto peor podía haber sido!

La sensación de gratitud del joven era indecible. Se dejó llevar con absoluta pasividad por Slingerland, dócil y silencioso. El trampero le curó las heridas, atendiéndole, evitándole penosas visitas, tratándole como a un niño enfermo.

No sufría sino del agotamiento subsiguiente a una vio lenta acción y a la prolongada tensión pasional, pero su mente sólo aceptaba el hecho inconcuso de la existencia feliz, segura y en lo sucesivo tranquila de Allie, y al que darse dormido, sus sueños siguieron el mismo delicioso y grato derrotero.

¡Qué extraño le pareció, al despertar, no sentir odio! Slingerland y él se desayunaron juntos.


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