El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XXXVI

El ministro del Señor, cuya plegaria siguió al tendido del último carril, unió a Allie Lee en indisoluble lazo en presencia de Slingerland.

Al viejo trampero había incumbido el honor y la alegría de apadrinar a la novia y recibir su beso como si fuera su padre. Luego… las sinceras felicitaciones de Lodge y de su Estado Mayor; el alegre banquete en honor de la feliz pareja; los brindis llenos de elogios para la belleza de la desposada y la buena suerte del reciente esposo; la extraña felicidad radiante de Neale y los ojos de Allie reflejando su alma… Para Slingerland fue una hora pródiga en materia para futuros ensueños.

Cuando el tren arrancó llevándose a los desposados, el trampero no pudo contemplarlo con claras pupilas. Veía satisfacerse todas sus esperanzas, cumplidos todos sus de seos, excepto el de estar en sus amados cerros.

Seguidamente fue a los corrales, donde su recua de hateros estaba pronta a emprender la jornada. No cruzó palabra con nadie.

Llevaba doce burros, el tren de hateros mayor y más completo de su vida. La abundancia de provisiones cuidadosamente elegidas, de instrumentos, herramientas y cepos podía durarle largos años… ciertamente todos los que le restaban de vida.


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