El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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II

Recóndito entre los cerros de Wyoming existía un valle regado por un río que tenía sus fuentes en el Cheyenne Pass y en el que una banda de indios asentaba su campamento. La escena, vista desde la cresta de las herbosas lomas, estaba llena de colorido, sosiego y quietud en perfecta armonía con el bellísimo valle. Álamos y sauces destacábanse por su vívido verdor; el álveo del río acusábase oscuro allí donde corría agua y blancuzco en los trechos arenosos; diseminados por el valle percibíamos puntos movedizos que eran caballos pastando. Las tiendas de campaña albeaban al sol, tachonadas de rojo, y lánguidas columnas de humo alzábanse perezosas por el espacio.

Las montañas de Wyoming abundaban en valles semejantes y en desnudas o hermosas lomadas faldeándolas. En la ladera de una de ellas, de la más alta, veíase un solitario mustang apeado con un lazo. Era una bestia tosca, salvaje, hirsuta, sin silla ni más arreos que la cabezada y el ronzal. A pesar de que la hierba crecía exuberante a su alrededor, no pastaba. Fijos los ojos en la ladera, en dirección opuesta a la de sus amusgadas orejas, atisbaba un movimiento entre la hierba.



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