El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Durante dos días y dos noches, Neale la veló sin interrupción, excepto cuando dormía, compartiendo su vigilia con King. La muchacha tenía momentos de lucidez, en los cuales conocía a Neale, pero, por lo general, desvariaba o yacía inmóvil como muerta. Al tercer día, él se sintió más esperanzado viéndola despertar débil y abatida, pero sosegada y cuerda. Neale habló con ella lo más sensata mente que pudo, aludiendo en pocas palabras a la tragedia, para rogarle que procurase apartarla de su mente, interesándose en cuanto la rodeaba. Ella le escuchó sin que al parecer le hiciesen impresión sus palabras. Fue ardua tarea conseguir que se alimentase. No experimentaba deseo alguno de moverse. Finalmente, Neale le dijo que tenía que regresar al campamento de los ingenieros, don de su obligación le reclamaba, prometiendo volver pronto y con frecuencia. Al despedirse, ni habló ni levantó los ojos.

Afuera, cuando King trajo los caballos, Slingerland dijo a Neale:

—No se preocupe usted demasiado, se restablecerá completamente.

—Claro que sí —corroboró el cowboy—. La curará el tiempo. Yo soy oriundo de Texas, donde la muerte repentina y violenta es achaque de todas las familias y…

Neale sacudió la cabeza.


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