El Caballo salvaje

El Caballo salvaje

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VII

Tanto echó de menos Susana Melberne a Chess, que, sorprendida, hubo de reconocer y apreciar las múltiples atenciones, pequeñas cortesías y continuada servidumbre del muchacho, sin menoscabar el interés que su personalidad había despertado. Echaba de menos su agradable presencia, su alegre voz, su sempiterno silbido y el divertimiento que le proporcionaba el espectáculo de sus relaciones con Ora.

Chess y Jake, con la carreta grande, tirada por dos troncos de caballos, habían ido a la estación del ferrocarril con objeto de recoger un cargamento de espino artificial. Susana había cazado al vuelo una conversación de Manerube con su padre, en la que el primero ponderaba la facilidad con que podría construirse en el valle una trampa para cerriles.

No obstante su vehemente condenación de tan cruel artificio, la palmaria desaprobación de Alonso, y el significativo silencio de Utah, Melberne había prestado oídos al desbravador, cuyos asertos apoyaba Loughbridge. La consecuencia fue el envío de Chess y de Jake en busca del espino artificial necesario para montar las alambradas.


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