El Caballo salvaje
El Caballo salvaje Pasaron los días. El maravilloso veranillo indio, se prolongaba con amaneceres albos de rocío y escarcha; ambarino durante las tranquilas horas del mediodía y brumoso y purpúreo en los ocasos. Los árboles resplandecían áureos y el soto cubríase de hojas muertas que parecían reflejos de las que aún quedaban en las ramas.
La brigada de Melberne trabajaba sin reposo, talando y aprontando postes para la cerca, los unos, y tendiendo los otros las alambradas de espino por el valle.
Para Susana Melberne aquellos días eran interminables, con sus horas de inquieta incertidumbre, sus extraños y breves momentos de indescriptible alegría, seguidos de abrumadores estados de ánimo de vaga melancolía… atormentadores todos, casi torturantes.
