El Caballo salvaje

El Caballo salvaje

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XI

El crepúsculo sorprendió a los fatigados caballistas camino del campamento. Chane iba a su cabeza con Brutus, ágil como siempre de andar y ávido de ganar la cuadra.

La fogata tembleteaba como un punto luminoso entre las sombras, acrecentándose su brillantez al acercarse a ella.

Por fin, precedido por el agudo relincho de su montura, Chane entró en el área que iluminaban las llamas.

Las mujeres, inquietas y anhelantes, preguntáronle al punto por el resto del equipo, ansiosas de saberles sin novedad.

—Pronto llegarán. El día ha sido de prueba y opino que Brutus es el único que aún tiene resuello —replicó Chane echando pie a tierra trabajosamente.

—¡Bravo! —exclamó la señora Melberne—. Traerán un hambre de lobos. La cena estará a punto cuando lleguen.

Susana Melberne salió cojeando de las sombras. Iba destocada, y en el pálido rostro los ojos parecían insólitamente grandes y profundos.

—Dígame… ¿Fue… un éxito el acosamiento? —preguntó.

—¿Un éxito? Si se refiere usted al número de caballos capturados, sí —contestó Chane lentamente.


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