El Caballo salvaje
El Caballo salvaje El crepúsculo sorprendió a los fatigados caballistas camino del campamento. Chane iba a su cabeza con Brutus, ágil como siempre de andar y ávido de ganar la cuadra.
La fogata tembleteaba como un punto luminoso entre las sombras, acrecentándose su brillantez al acercarse a ella.
Por fin, precedido por el agudo relincho de su montura, Chane entró en el área que iluminaban las llamas.
Las mujeres, inquietas y anhelantes, preguntáronle al punto por el resto del equipo, ansiosas de saberles sin novedad.
—Pronto llegarán. El dÃa ha sido de prueba y opino que Brutus es el único que aún tiene resuello —replicó Chane echando pie a tierra trabajosamente.
—¡Bravo! —exclamó la señora Melberne—. Traerán un hambre de lobos. La cena estará a punto cuando lleguen.
Susana Melberne salió cojeando de las sombras. Iba destocada, y en el pálido rostro los ojos parecÃan insólitamente grandes y profundos.
—DÃgame… ¿Fue… un éxito el acosamiento? —preguntó.
—¿Un éxito? Si se refiere usted al número de caballos capturados, sà —contestó Chane lentamente.
