El Caballo salvaje

El Caballo salvaje

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II

Chane se apartó de pronto del círculo de la fogata. No le repugnaba, ni mucho menos, la posibilidad de una disensión entre ellos y de la subsiguiente querella que reduciría el número de sus contrincantes. Fuertes voces le anunciaron el comienzo de la disputa y observó, significativamente, que la de McPherson no se distinguía entre ellas.

—Si Manerube tiene dos dedos de frente se guardará muy mucho de hostigar a ese hombre. Pero… ¡ojalá no los tenga!…

Se apoderó de su rifle, que por lo general dejaba en el campamento durante sus excursiones diurnas. Para un cazador de cerriles el rifle es un estorbo y una carga inútil en la silla, pero había reflexionado que, arma de tan largo alcance, compensaría la ventaja numérica de Manerube y sus compinches, que sólo llevaban el Colt corto, habitual entre los picadores de la Pampa. En lo sucesivo, engorroso o no, el rifle iría siempre en su silla.

Con él en la mano y la brida al hombro, Chane abandonó el campamento y fue en busca de sus caballos. Mirando hacia atrás desde la cresta del declive tuvo la satisfacción de ver a los cuatro sujetos enzarzados en acalorada contienda.


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