El Caballo salvaje

El Caballo salvaje

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XII

Al esconderse entre los cedros del collado oeste de Stark Valley para atisbar el paso de los desbravadores camino de Wund con los capturados cerriles, Susana Melberne tenía plena confianza de sus actos. Su intención era dejar que se perdiesen de vista antes de poner en práctica su desesperado plan. Pero… no había descontado, el efecto que le produciría la larga hilera de magníficos potros renqueando en tres patas, tullidos muchos de ellos, chorreando sangre algunos, evidenciando todos insólita y terrible tensión.

Chane Weymer era el último de los caballistas. El palmario deseo manifestado en sus maniobras de evitar a los cerriles innecesarios sufrimientos, su vehemente ademán de impotencia cuando, en cierta ocasión, cayó una de los potros… despertaron en Susana impresiones que no tan sólo inclinaron su corazón hacia él, sino que robustecieron su ánimo para la misión que se había impuesto.

—Si padre se entera, es capaz de matarme —soliloquió Susana viendo desaparecer al última jinete de la caballada. Aun no habiendo sido testigo presencial de la brutal empresa, habría tenido arrestos bastantes: para llevar a cabo su propósito. No la habría disuadido nada—. ¿Cómo puede tolerarlo padre? —murmuró—. Será un fracaso. Esos pobres potros están aspeados… ¡Oh! ¡Me gustaría hacer lo misma con Manerube y ajorarle[36] a él… a latigazos!


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