El Caballo salvaje
El Caballo salvaje Al oeste de Stark Valley, el reformado equipo de Melberne habÃase detenido en un altivo bastión para contemplar a sus plantas un cañón de suelo grisáceo, tachonado de verde y de doradas laderas, largo y amplio, que se extendÃa al pie de los contrafuertes de la Meseta del Caballo Cerril.
—Allá, en aquel paraje roquizo de brillante verdura, está Nightwatch Springs —dijo Weymer señalando a Melberne el lugar—. Es tan vasto que forma un riachuelo en el punto mismo donde emerge.
Melberne, poco dado a exteriorizar su entusiasmo, estaba boquiabierto, como pasmado, hasta que exclamó, por fin:
—¡Le da cien vueltas a cualquier punto de Texas! —Que para él era el más extravagante elogio posible. Luego prosiguió: Aquà será donde estableceremos nuestro hogar, mujeres. Un ranchero puede hallar aquà todo cuanto hace la vida digna de vivirse. Enviaré a buscar a mis hermanos, que sólo esperan saber de un buen sitio para establecerse. Tenemos amigos y parientes que se fiarÃan de mi palabra. Roturaremos el lugar y desde ahora anuncio mi intención de reservarnos la cabecera del cañón, incluyendo el manantial. Ciento sesenta acres, que es lo que el Gobierno concede, para laboreo y dominio de todas esas millas de pastores… Weymer, mi deuda con usted se va acrecentando, y me pregunto si querrÃan Chess y usted unirse a nosotros aquÃ.
