El Caballo salvaje

El Caballo salvaje

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XVII

La apariencia de Melberne divertía a Chane y parecía ser motivo de fascinación para Chess. El boss del equipo estaba sin resuello y, por lo visto, asustado y furioso. Cuando logró recobrar el aliento, atropelló las preguntas sin ofrecer en cambio explicación alguna de sí mismo. Pero Chane observó sus desolladas y contusas muñecas y lo consciente que de ellas estaba, circunstancia sin duda debida al dolor.

Bud McPherson había mentido a Chane. Los forajidos habían dado con él dejándole amarrado. Cuando más le observaba, mayor era la certidumbre de Chane. A más de las delatoras muñecas, probablemente desolladas por el roce de las cuerdas al intentar desatarse, Melberne, venía sin armas. Y su alivio al ver a Susana a salvo, aunque pálida y descompuesta, era tan grande que estaba a punto de colapsarse. Finalmente, cuando el desbravador alzó la lona descubriendo a Manerube y a McPherson en sugestiva indicación de lo ocurrido. Melberne sólo tuvo palabras de condenación para ellos.

La parte cómica del drama fue la entrevista de Loughbridge y Melberne, y la honda preocupación de Chess.

—Lo siento mucho, Jim, pero… te has puesto muy a mal conmigo —declaró Melberne por décima vez. Pero su actitud no estaba más en armonía con sus palabras. Paseaba nerviosamente, como de costumbre cuando estaba preocupado.


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