El Caballo salvaje

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IV

Caracterizó el aposentamiento de la expedición Melberne en sus reales permanentes de Stark Valley un tiempo perfecto, bienvenido cambio a las tormentas y a los vientos de las pasadas semanas. La estación de las lluvias se había prolongado más de lo habitual. Para el desierto era indudablemente ventajoso, aunque duro y desagradable para los desbravadores y cuantos laboran expuestos a los elementos. Pero el mismo día que Melberne decidió acampar en el valle, el maravilloso verano tardío, vulgarmente llamado verano indio de Utah, pareció sonreírles áurea y purpúrea bienvenida, convirtiendo en un deleite la vida del campamento, especialmente si podía consagrarse al ocio parte del tiempo. Susana oyó decir a Loughbridge que lo probable fuera poder contar con un mes, y posiblemente más, de igual bonanza.

Melberne carecía de experiencia práctica en la caza de cerriles. Era una empresa relativamente nueva para él, más su energía y su vitalidad, combinadas con su indudable ascendiente sobre el personal a sus órdenes, contribuyeron no poco a que saliera bien del empeño. Fuesen cuales fueran sus flaquezas, que más podrían calificarse de susceptibilidad a la sugestión, en cambio, se negaban a recibir órdenes de Loughbridge.


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