El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Reddie se precipitó hacia la creciente oscuridad como si intentara abandonar para siempre el campamento. Brite decidió que no la dejaría ir muy lejos, pero antes de seguirla se fijó en el grupo que rodeaba el fuego. Texas Joe miraba con los ojos muy abiertos en dirección al lugar por donde partiera Reddie. Los otros habían comenzado a afearle su actitud en tonos poco amistosos, cuando Pan Handle los silenció con un gesto.
―Tex, esto ofrece el peligro de deshacer nuestro equipo ―dijo poniendo una mano en el hombro del vaquero―. No puede quedar así. Todos nosotros sabemos que tú no has creído que Reddie no sea buena. Pero ella no lo sabe. Arregla eso pronto.
Brite se apresuró a seguir a Reddie y, alcanzándola justamente fuera del campamento, la detuvo con mano suave.
―Niña, no debes lanzarte así a la carrera.
―Oh, me lanzaría aunque fuera de cabeza al río ―gritó ella, afligida―. ¡Era yo tan… tan feliz!
―Todo se arreglará ―repuso el ganadero echándole suavemente el brazo a la cintura y llevándola a un asiento al pie de una roca. Reddie no era insensible a la simpatía, y se desplomó contra su hombro.
―Dígame que usted no… no lo cree ―le rogó ella.
―¿Que no creo qué, muchacha?
―Lo que Texas piensa… de mí.
