El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas La noche cayó, suave y cálida, con una insinuación de estÃo en su balsámica dulzura; las estrellas brillaban, blancas, a través del follaje de los árboles; el rÃo murmuraba y gorgoteaba a lo largo de la orilla, sin la amenazadora apariencia que presentara durante el dÃa; las ranas croaban su música solitaria. Y todo el vasto espacio llano estaba encerrado en silencio y en un sueño ligero y tranquilo. Pero aun entonces los ladrones y la muerte se hallaban en actividad.
Brite trataba de llamar al sueño. Pero el sueño no venÃa. Reddie habÃa hecho su cama cerca de él, a la sombra del duro arbolado. De pronto, una forma alta y oscura pasó entre Brite y la pálida luz estelar. Texas Joe rondaba el campamento, como siempre, en plena noche, tal vez a punto de llamar el relevo de guardas. Pero esta vez pasó sigilosamente cerca de Brite y se detuvo junto a Reddie, donde se arrodilló a los pocos minutos.
Siguió un momento de silencio; luego murmuró Reddie soñolientamente:
―¿Eh?… ¿Quién es?
―¡Chist! No tan alto. Vas a despertar al jefe… Soy Tex.
―¡Otra vez tú! Santo Dios, ¿no podrás siquiera dejarme dormir? ―repuso Reddie, disgustada, en un susurro.
―Te he sentido llorar, y quise venir entonces. Pero aguardé a que se durmieran los demás.
