El Conductor de Manadas

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XI

Brite se rascó la acusada barbilla. Sus dos mil y pico de reses, menos de la mitad del número con que había empezado el viaje, habían desaparecido como por arte de magia.

―No me sorprende ―resopló Texas―. Jefe, cuando yo regresaba, hace poco, de la parte arriba del río, San Sabe acababa de llegar voceando: «¡Indios!». Así, que no tuve tiempo de decirle que Ross Hite estaba allá arriba con la otra mitad de la manada.

―¡Condenación! ―juró Brite―. ¿Habrán tenido el valor de robar el resto? ¡En nuestros propios ojos!

―Tal vez no. Los cornilargos son unos brutos extraños. Pueden haberse desviado simplemente de la ruta; y pueden también haberse desbandado. Desde luego, río abajo no han venido.

―¿Dónde está Moze?

―¡Ea, morito de Alabama! ―gritó Texas.

―Aquí estoy, jefe ―dijo una voz desde el espeso grupo de árboles, bajando de las ramas―. Aquí estoy.

A continuación sintieron sus pasos sobre el césped y pronto le vieron aparecer a paso liviano en dirección a ellos.

―Moze, ¿qué se ha hecho de nuestro ganado? ―preguntó Brite.


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