El Conductor de Manadas

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XII

Si fuera necesario, Texas podía infundir aliento a los que carecieran de él. Deuce Ackerman soltó un largo y salvaje alarido.

―¡Jip! ¡Jip! ¡Eso es grande! Fíjate en lo que hemos perdido, Rolly. Pero algunos teníamos que quedarnos en la reserva… Tex, continuaremos hacia delante, y entonces, ¡Dios los coja confesados!

Dentro de una hora estaban en marcha y poco después se detuvieron en el lugar donde la gente de Hite había sido puesta en fuga. Los tres caballos muertos habían sido arrastrados río abajo y se vararon donde el río era poco profundo. Williams había enviado un explorador hacia atrás, por el sendero; otro, a lo alto del risco y otro hacia el Norte. Encontraron al equipo vadeando, sin traer más noticias que la de haber visto búfalos.

―¿Y si nos tendieran una emboscada? ―preguntó Texas.

―A mí me parece que Hite buscaría mejor lugar que ése ―repuso Williams―. Mr. Brite, ¿quiere darle sus anteojos al joven Ackerman a fin de que pueda echar una ojeada…? Levántate en el asiento, hijo.

Después de un largo reconocimiento, Ackerman movió la cabeza decisivamente:

―Nada. Puedo ver todo lo que hay debajo los árboles y a través de la delgada capa de maleza.


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