El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Si fuera necesario, Texas podÃa infundir aliento a los que carecieran de él. Deuce Ackerman soltó un largo y salvaje alarido.
―¡Jip! ¡Jip! ¡Eso es grande! FÃjate en lo que hemos perdido, Rolly. Pero algunos tenÃamos que quedarnos en la reserva… Tex, continuaremos hacia delante, y entonces, ¡Dios los coja confesados!
Dentro de una hora estaban en marcha y poco después se detuvieron en el lugar donde la gente de Hite habÃa sido puesta en fuga. Los tres caballos muertos habÃan sido arrastrados rÃo abajo y se vararon donde el rÃo era poco profundo. Williams habÃa enviado un explorador hacia atrás, por el sendero; otro, a lo alto del risco y otro hacia el Norte. Encontraron al equipo vadeando, sin traer más noticias que la de haber visto búfalos.
―¿Y si nos tendieran una emboscada? ―preguntó Texas.
―A mà me parece que Hite buscarÃa mejor lugar que ése ―repuso Williams―. Mr. Brite, ¿quiere darle sus anteojos al joven Ackerman a fin de que pueda echar una ojeada…? Levántate en el asiento, hijo.
Después de un largo reconocimiento, Ackerman movió la cabeza decisivamente:
―Nada. Puedo ver todo lo que hay debajo los árboles y a través de la delgada capa de maleza.
