El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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XIII

Desde lo alto de una interminable cuesta, Brite y Reddie miraron a lo lejos hacia el lugar de donde partían gritos de alegría. Varias millas hacia abajo, en el verde valle, un inmenso parche de colores se movía sobre la pradería. Era la gran manada nuevamente reunida, la punta afilada hacia el norte y el ancho extremo posterior tendido de oriente a occidente.

―¡Oh, ese vaquero! ―exclamó Reddie, maravillosamente agitada. No necesitaba decir más.

Brite halló que el silencio era su mejor tributo. Los vehículos y la remuda aceleraron la marcha por la pendiente. Pronto hubo cedido el frescor de la mañana al calor del mediodía, y cuando llegaron al ondulado piso del valle, para encontrarse con los reflejos de la arena movediza, caballos y jinetes sufrieron severamente.

Pasado aquel árido lugar, una suave y regular eminencia se extendía en forma de ola hacia el horizonte, donde asomaban colinas borrosas. La hierba se hizo de nuevo abundante, y hacia el final de la tarde la manada pareció haberse detenido a la entrada de un terreno de pasto donde un fleco de sauces significaba la presencia del agua.

La caravana de Brite fue llegando a su debido tiempo. El ganado se había aglomerado en una pradera que seguramente podría darles alimento para toda la noche, pero a esta hora los animales estaban cansados, y sólo unos pocos se ocupaban de pacer.


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