El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Reddie saltó de su caballo junto a la galera de Hardy, en cuyo asiento Ann permanecía inmóvil como una estatua, mirando al vaquero. Ackerman se volvió una vez para levantar su sombrero en la mano. Luego agitó su pañuelo. Giró, y ya no volvió más la cabeza.
―Ann, es bastante triste eso de decirse adiós ―dijo Reddie―. Entremos en el puesto, fuera de la vista de estos hombres. Me van a entrar ganas de llorar.
―¡Oh Reddie, yo… yo estoy llorando ya! ―exclamó Ann al apearse, con la vista borrosa―. Ha sido tan bueno… tan amable… Oh, ¿nos volveremos a encontrar algún día?
Las dos marcharon del brazo hacia la puerta del puesto, desde donde Brite vio cómo Anne se contraía a la vista de dos indios flacos y sombríos, de ojos endrinos.
―Terminemos esto cuanto antes, Tex ―dijo Brite―. Compraré las provisiones que Doan pueda servirnos. Brite entró apresuradamente en la tienda. Era un lugar pintoresco, apestado y maloliente, con sus jaeces indios de colores, su formidable arsenal, sus estantes llenos y sus mostradores cargados. Cuando Doan regresó de la trastienda, Brite escribió con un resto de lápiz los artículos que necesitaba.
