El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Brite contemplaba, mudo, el temible y emocionante espectáculo. Una gigantesca oleada se hinchó y precipitó a través del río contra la orilla opuesta. Un momento después, la estrecha franja de agua turbia había desaparecido, y en su lugar se veía un río de astas erizadas, densamente apiñadas, que se retorcían, se sumergían, reaparecían de nuevo y se desprendían hacia abajo con la corriente. Si no hubiera sido por aquella corriente profunda, el lecho del arroyo se habría llenado de ganado de una a otra orilla y la masa de la manada se hubiera lanzado al través sobre cientos de reses muertas.
En un espacio increíblemente corto, la manada entera se había echado al río, ocupando sucesivamente cada fila el lugar de las reses que eran arrastradas por la corriente. De la zambullida a troche y moche, el ganado pasó a nadar a troche y moche. Y cuando la última fila se echó al agua, la línea delantera, a gran distancia río abajo, ganaba la orilla opuesta.
