El Conductor de Manadas

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XVI

La ciudad de Dodge estaba verdaderamente en ebullición, Brite comparó el tráfico de la calle ancha, el polvo, el ruido y el tropel, con una estampida del ganado en el sendero.

Después de entrar en el terreno de pastos y contar el ganado, Brite dejó los vaqueros y la galera y entró en la ciudad con Reddie. La dejó dormida en su habitación del hotel, donde cayó tendida tan pronto vio la cama. Corrió él entonces al despacho de Hall y Stevens, con los cuales había tenido negocios antes. Fue bien recibido, con aquella avidez de hombres que olían un gran negocio o una ganancia igualmente grande.

―Brite, tú eres un granuja ―declaró el miembro principal de la sociedad―. ¿Por qué no te has afeitado esa barba? ¡Y esos harapos del camino!

―Mañana estaré a tiempo para eso. Quiero vender e irme a dormir. ¿Cuánto pagáis este mes?

―Ofrecemos doce dólares ―repuso el comprador de ganado cautamente.

―Es poco. Yo traigo cinco mil ochenta y ocho cabezas. Digamos ochenta y siete. Buen ganado y bastante gordo.

―¿Cuánto pides tú?

―Quince dólares.

―No podemos pagar tanto, Brite. Hay ochenta mil cabezas de ganado aquí.


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