El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Brite abrió los ojos ante un amanecer gris. Un disparo de rifle le había despertado. Moze cantaba acerca de negros en campos de algodón, de lo cual podía deducirse que los indios no habían atacado el campamento. Brite se arrastró fuera de sus mantas, rígido y dolorido, para calzarse las botas y ponerse el chaleco, simple operación que le dejaba vestido para la faena. Enrolló su cama. Luego, tomando una toalla, cruzó el campamento hacia el arroyo. Texas Joe se estaba lavando. Otros tres se hallaban recostados, sus rostros serenos, juveniles y duros expuestos a la luz gris de la mañana.
―Jefe, no hay nada peor que tener que levantarse por la mañana ―tal fue el lacónico saludo de Moze.
― Moze, vamos yendo para viejos.
Al borde del arroyo, Brite encontró a Reddie Bayne ocupado en sus abluciones.
―Hola, hijo. Ya veo que no se te pegan las mantas.
―Buen día, Mr. Brite ―replicó él al volverse, de rodillas, con una cara mojada y brillante, de una donosura femenina. Se apresuró entonces a ponerse la chaqueta y a cubrir sus rizos de oro con el raído sombrero; luego se secó la cara y las manos con su pañuelo.
―Iré a buscar mi caballo antes del desayuno.
