El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Pues creo que sà ―dijo despacio el jinete―. HabĂa jurado no volver más. Tres veces he subido hasta allĂ. Un comanche me clavĂł una flecha en este hombro, y llevo todavĂa plomo en una cadera.
―Ya me he fijado que cojea usted un poco. ¿Le duele al montar?
― ¡Pst…! Pero no me quejo por eso, ni me impide hacer el trabajo.
―Entendido… ¿Conoce algunos jinetes que quieran ir con usted?
―Puedo traer a mi compañero Less Holden ―contestó Shipman, radiante―. Mejor jinete que él no ha clavado jamás espuelas a un caballo. Pero Less es un hombre muy violento.
―Eso no importa. Tráigalo, y bĂşsquese media docena más. ConsĂgase tambiĂ©n un cocinero. Yo saldrĂ© a comprar un carro nuevo. El anterior se hizo añicos. Fue una pĂ©rdida de tiempo. De paso, comprarĂ© provisiones y demás.
―¿Cuándo piensa ponerse en camino, patrón?
―Tan pronto como llegue el equipo de Uvalde. Le espero hoy. Debemos partir pasado mañana.
―¡Diablo! Tengo una chica por aquĂ, y no acabo de dar con ella. En fin, Ă©sta es una vida de perros… Me figuro que para tan gran manada necesita usted un equipo de primera.
―Los conductores más bravos de la llanura.
