El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Durante todo el mes de octubre estuvo vagando, como antiguamente, a través de los bosques, con su fusil a cuestas; pero sin hacer uso de él nunca. Recorría millas y millas sin objeto. Su oído y su vista eran, sin embargo, más finos y penetrantes que nunca. Se pasaba horas enteras en un promontorio contemplando a distancia las manchas doradas de los álamos temblones abajo los últimos rayos del sol, en bello contraste con el verde oscuro del bosque. Gustábale contemplar el eterno temblor de sus hojas, en perpetuo movimiento, bajo la brisa, o en los días y horas de completa calma. Muchas veces se sentaba a la orilla de algún torrente o arroyo para deleitar su oído con el concento del agua, mientras con los ojos de la imaginación llenaba aquellos parajes con la figura inolvidable de la ausente. Posábase, con frecuencia, en algún alto picacho, para contemplar desde allí, como un águila, la espléndida belleza de los lugares que había elegido para mansión suya, cada día más hermosos, cada día más amados, pero también cada día más tristes, solitarios y melancólicos.
A últimos de octubre cayo la primera nevada. La nieve se fundió en seguida en la parte sur de la cordillera, pero las cumbres y las laderas septentrionales permanecieron blancas.