El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Be, tan ocupada como estás en montar y desbravar potros salvajes, en conversar con los cowboys, en leer y en retirarte a tus habitaciones para guardar a solas tus secretos sin ocuparte de las tribulaciones de tu hermana, hace algunos dÃas que no has tenido tiempo para enterarte de lo que a mà me pasa.
—¿Qué dices, hermana? —exclamó Be, cogiéndole las manos con cariño.
—La pura verdad —replicó Elena con voz suave y cariñosa, difÃcil de resistir, mucho más penetrante y eficaz que cualquier reproche.
—Tienes razón, hermana —exclamó Bo, contrita—, en quejarte de lo abandonada que te tengo; pero tú me decÃas algo más y esto es lo que quiero saber. ¿Acaso guardas tú secretos para mÃ?
—Querida hermana, pocas ocasiones me proporcionas tú para aliviar mi pecho.
—Pero yo me he sentado al lado de mi tÃo, lo he cuidado lo mismo que tú —dijo Bo en son de disculpa.
—SÃ, te has portado muy bien con él.
—¿.Tenemos acaso otras zozobras?
—Tú, no; pero yo sà —repuso Elena, en tono de fraternal reproche.