El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Fue una verdadera equivocación —repitió Bo—. No tardé en ver un caballo detrás de mí. Un enorme alazán que galopaba furiosamente a través de los cedros. Fue una impresión horrible, pero sin dejarme amilanar espoleé en seguida a mi caballo, emprendiendo una carrera desenfrenada. A cada momento creía caerme de la silla. Iba dando encontrones contra los árboles. Las ramas me azotaban la cara, me rasgaban el traje. El corazón me latía como si fuera a salírseme del pecho; aun cuando hubiera querido gritar, no habría tenido voz para poder hacerlo. Sentía un frío intenso por todo el cuerpo, se me nublaba la vista, a ratos parecía que estaba completamente ciega. Faltábame también la respiración. No es lo mismo correr por placer que correr por salvar la vida. Las emociones son distintas, es algo terrorífico, terrible. Las fuerzas me abandonaban, pero supe mantenerme en la silla. Al llegar a los cedros advertí que el caballo que me perseguía había acortado mucho la distancia que le separaba de mí; cada vez se me acercaba más, sus patadas sonaban ya en mis oídos como golpes de hacha. Entonces fue cuando ocurrió lo peor: mi caballo tropezó y yo salí despedida por las orejas, causándome todos estos rasguños y magullaciones. La rodilla, particularmente, me duele de un nodo horrible. Cuando me levante ya me había alcanzado el jinete que me perseguía. ¿Quién se creen ustedes que era?


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