El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Permaneció unos instantes más contemplando el fuego y arreglándose luego una yacija frente al cobijo de Bo Rayner, apoyó la cabeza en su silla de montar, se arropó convenientemente y cerró los ojos con propósito de dormitar algunas horas.
Los hombres de Anson no se levantaron a la misma hora temprana en que suelen saludar el día los cazadores, los forajidos y los habitantes todos de los bosques y las selvas. Aquel día, los bandidos, incluso Anson y Riggs, no vieron con buenos ojos la salida del sol. Pobre y triste comida, inútil recogida y nueva carga de los bártulos y paquetes, y fatigosa y larga marcha sin rumbo fijo, eso es lo que significaba para ellos el nuevo día. ¡Y por encima de todos esos males, el presentimiento, el temor de una catástrofe!
El capitán de la partida se levantó de pésimo humor. Tuvo que obligar a Burt a calzarse, y le costó algún trabajo lograr que éste partiera en busca de los caballos. Riggs le siguió. Shady Jones no hizo sino refunfuñar y gruñir. Wilson, por común acuerdo, se ocupaba todos los días del desayuno, y aquella mañana anduvo excesivamente lento en prepararlo. Anson y Moze se encargaron de los demás quehaceres sin entusiasmo. Bo Rayner no aparecía.
—¿Por qué no está aquí esa chiquilla? ¿Está muerta o que le pasa? —preguntó Anson.