El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque El laconismo de estas palabras y el tono con que fueron pronunciadas dieron a entender a la muchacha que Wilson no tenÃa ganas de hablar. Sin tratar de obligarle a admitir la conversación fue a colocarse a la sombra de un álamo temblón, lelos del humo, que le habÃa estado dando en la cara. El tejano paseaba mientras tanto, a derecha e izquierda del fuego, con la cabeza baja y las manos a la espalda. A no ser por el revólver, hubiérase dicho que era un pacÃfico y honrado granjero. Después de mirar y escuchar varias veces en dirección del bosque, advirtió a la muchacha que pronto volverÃa y desapareció entre la espesura.
Apenas se hubo marchado, demasiado pronto en realidad para que la cosa pudiera juzgarse como casual, se presentó Riggs corriendo hacia Bo, desde amas matas del lado opuesto. Ro, al verle, se pulo en pie de un salto.
—He escondido dos caballos y ahora me llevaré estas dos sillas. Cola usted algunas provisiones y sÃgame. Éste es el momento de escaparnos.
—¡No! —contestó ella retrocediendo.
—SÃ, es preciso; aquà no estamos seguros —insistió él precipitadamente—. La conduciré a usted a su casa. Se lo juro.
—Estoy más segura aquÃ, con los bandidos —declaró ella.
—¿Se niega a seguirme? —preguntó él palideciendo.