El Jinete misterioso
El Jinete misterioso Los coyotes despertaron a la mañana siguiente a Margarita, con sus siniestros aullidos. Por primera vez en su vida se estremeció la muchacha al oírlos. Los mismos pensamientos de la víspera volvieron a agolparse en su mente; pero ella los rechazó con energía. No quería pensar más en lo pasado; después de la determinación tomada convenía pensar únicamente en el cumplimiento del deber.
A la hora del almuerzo, el viejo Guillermo, de mejor humor que durante aquellas últimas semanas, le participó que Jaime se había ido a Kremmling para ocuparse de los arreglos necesarios para la boda.
—También tú tendrás que ir a Kremmling y a Denver para encargarte el ajuar. A las mujeres les gusta ir bien vestidas el día de la boda —dijo Bellounds.
—¡Oh!, ya sabes, papá —contestó Margarita—, que nunca he pensado en galas y ahora no tengo ganas de salir de Peñas Blancas.
¿Qué le importaba a ella llevar un traje u otro el día de su casamiento? Con esta idea fue a su ropero a revisar lo que tenía allí, y fue grande su desilusión, porque no solamente no encontró un traje para el día de su boda, sino ni siquiera uno suficientemente presentable para ir con él a Denver. No quedaba más remedio que realizar algunas composturas aprovechando lo viejo y Margarita se paso todo el día cosiendo.
