El Jinete misterioso
El Jinete misterioso La noche envolvía con su negro manto el valle. Margarita creía que Wilson la esperaría, como de costumbre, para cogerle el caballo, pero se llevó chasco. La habitación de los cowboys estaba a oscuras, prueba evidente de que nadie había llegado aún. Desensilló ella misma la montura y la soltó para dejarla pacer a sus anchas la fresca hierba.
Las ventanas del baja y largo rancho brillaban desde lejos, en la oscuridad, como faros. Margarita se preguntaba llena de inquietud si Jaime Bellounds habría llegado ya. Pero, puesto que al fin y al cabo tendría que encontrarse con él, era mejor pasar la prueba cuanto antes. Se acercó de puntillas a las relucientes ventanas y continuó hasta el pórtico; pero retrocedió, y volvió a acercarse, y tornó a retroceder hasta dominar las últimas vacilaciones de su espíritu. Por último puso las manos en la puerta y empujó. La puerta estaba dura y tardó en ceder.
Margarita entró en una espaciosa estancia iluminada por una luz puesta sobre una mesa y por unos cuantos leños chisporroteantes colocados entre los morillos de un enorme hogar. La pieza, algo oscura en sus extremos, estaba sobria pero cómodamente amueblada.
Bellounds, el dueño del rancho, hallábase sentado, en mangas de camisa, en su butaca, con sus grandes y manos junto al fuego. Era un hombre de unos sesenta años, fuerte y musculoso, de aspecto resuelto y pelo gris.
