El Jinete misterioso
El Jinete misterioso La primavera no se hizo esperar aquel año. La nieve se fundió en los valles y las florecillas empezaron a asomar entre la verde hierba. Los caballos y los potros en sus pastos relinchaban, triscaban y hacían cabriolas. En las laderas de las montañas, el ganado vacuno mostraba también la alegría de la primavera con carreras y mugidos. Las águilas volvían a poblar los picachos libres de nieve, y los alces se asociaban al resurgimiento general con sus berridos.
Los osos negros, pardos y grises salieron de sus refugios de invierno cubriendo el húmedo suelo con sus huellas. Por las noches, los lobos y los coyotes proclamaban su deseo de vivir y su hambre con el pregón de sus aullidos.
En las cumbres, no obstante, el invierno se obstinaba en continuar dejando sentir sus rigores. Los negros nubarrones, los aguaceros y las ventiscas retardaban la acción de los calores y la nieve se fundía lentamente. Día llegó, sin embargo, en que el verde triunfó de lo blanco y de lo gris, y la primavera, heraldo del verano, tomó definitiva posesión de todo el terreno.
