El Jinete misterioso
El Jinete misterioso Pródigo y rico en colores fue el mes de octubre aquel año. Las heladas se hicieron esperar más que de costumbre y las hojas de los árboles conservaban su frescura. Un día, como por arte mágico, amaneció la Naturaleza con algunas manchas doradas diseminadas por el verde; a los pocos días, los tonos ocres predominaban, y los motes cubiertos de artemisa eran de un gris amarillento, las cepas que crecían por entre las hendiduras de las peñas dibujaban líneas broncíneas en la ladera de las montañas, los helechos que tapizaban el fondo de los barrancos se retorcían y secaban, y hasta los mismos grandes peñascos y los árboles de hoja perenne parecían haberse vestido con un ropaje cálido y sombrío.
Entre las matas lucían tímidamente su tardía hermosura las últimas flores del año, y en el terreno raso se elevaban atrevidas sobre la fláccida hierba, meciendo muellemente sus tallos a impulsos de la brisa. Pero en donde las más bellas y delicadas de todas aquellas flores habían ido a reunirse como una constelación de pálidas y fragantes estrellas era en las concavidades del terreno, en las hendiduras de la montaña.
Las últimas sílabas que musitó Benjamín Wade fueron interpretadas por Wilson como un deseo de ser enterrado entre las margaritas que cubrían el suelo del bosquecillo de álamos contiguo a Sage Valley. Allí, por lo tanto, se le cavó su fosa.
