El policia rural y otros relatos

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Capítulo III

Un crepúsculo frío y melancólico se había enseñoreado aquella tarde del valle del río Tonto cuando llegaron a la enorme cabaña de troncos que servía de escuela los primeros jinetes y caravanas. El viento otoñal ululaba entre los bosques, poniendo lúgubre nota en el ambiente. El intenso murmullo de la torrentosa corriente bramaba sin cesar desde el lecho de la cañada. En la espesura resonaban voces, risas juveniles y el choque de las herraduras en la pedregosa senda.

En el lugar lucían dos enormes fogatas, una en el exterior, junto a una gran pila de leños dispuestos para alimentar la lumbre, y otra en una gigantesca estufa de hierro ubicada en un ángulo de la inmensa aula, vacía aún, que semejaba a un granero. Los bancos de madera habían sido adosados a las paredes de troncos, y media docena de lámparas de petróleo emitían una luz pálida y amarillenta.

Pronto se congregaron en el lugar las gentes del valle, muchas de ellas a caballo y otras en carretas y calesas. Un enjambre de revoltosos chiquillos alegraban con sus correrías la amplia crujía. Alrededor de las siete había algo más de cien personas, de pie, esperando el comienzo de la fiesta. El vocerío crecía por momentos, en tanto no cesaban de llegar nuevos concurrentes.


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