El policia rural y otros relatos
El policia rural y otros relatos Vaughn se desconcertó tanto por el encuentro inesperado con más de una docena de mejicanos como por el hecho de que la frase conminatoria le fuera dirigida en un inglés decente. ConocÃa muy bien la identidad de aquellos hombres: eran los bandidos que operaban a las órdenes de Quinela.
Vaughn puso los brazos en alto. Por el momento, escapaba a su entender por qué el que parecÃa capitanear la pandilla respetaba su vida en vez de acabar con él sin más dilación. Los mejicanos comenzaron a chillar y gesticular como un enjambre de monos enfurecidos. Si Vaughn habÃa visto la muerte tan de cerca alguna vez fue en ese instante; estaba decidido a desenfundar el revólver y a emprenderla a tiros con los forajidos, para terminar como lo hiciera antaño más de un rural. Una voz autoritaria y penetrante le disuadió de su intento. De entre la fila de hombres armados se adelantó uno, de baja estatura, rostro moreno y enjuto y ojos vidriosos, que se interpuso entre los suyos y el prisionero. La vociferante cháchara de sus secuaces cesó de pronto.
—¡Es ese gringo famoso, el rural llamado Tejas Medill! —gritó en español—. ¡El hombre que mató a López! No disparen, muchachos; Quinela dará mucho oro por él vivito. Le despellejará las plantas de los pies y le obligará a caminar por la choya achuchándole con un hierro candente.
