El Rancho Majestad
El Rancho Majestad Al llegar a la mitad de la pendiente, Lance interrumpió su ciego apresuramiento. La música española flotaba suavemente en el tranquilo ambiente de la noche; la luna se remontaba inmutablemente blanca. ¿Qué había hecho él? Se sentó bajo un pino y batalló con sus encontradas emociones.
Brutalmente, había hecho imposible su permanencia en el rancho de Stewart. Aquel memento, durante tanto tiempo aplazada le parecía, un inexpresable e inmenso lenitiva. Pero su conciencia le acusaba implacablemente. «¿Por qué? —murmuró roncamente—. ¿Por qué lamenta ésta? ¡Se lo tenía merecido!». Se sintió satisfecho de haber tenida el valor de decírselo. Si en Madge existía siquiera algo de bondad, la verdad serviría para que reaccionase. Entonces, ¿por qué aquel sentimiento de su corazón, aquel clamor de voces en sus oídos, aquella vocecita que le lanzaba reproches? Le habría gustado decirle a ella, manifestarle que un destina fatal la amenazaba con un golpe de hierro. Y, sin embargo, Lance había descendida al nivel de un hambre como Uhl. Acaso hasta aquel mismo tenorio se habría comportado de una manera más caballerosa. Lance se sintió triste y abatido.
