El Rancho Majestad

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En el torbellino de su agitación, la muchacha pensó que debía sacar el mayor provecho, posible de una situación desfavorable. Quería a Lance tanto si era un bandido como si era un vaquero, un doctor Jekyll o un señor Hyde, aun cuando fuera una extraña mezcla de virtud y maldad. A través de su imaginación relampagueó la idea de que la indiferencia de Lance se quebraría en algún momento, que se rendiría al amor de ella, que ella podría reformarle. Ésta podría ser la recompensa que Madge obtendría a cambio del sacrificio de sus caprichos y de su loca manera de actuar. Al fin y al cabo, Lance la había salvado. No podía odiarle. En el caso de que él la maltratase, ella le devolvería los golpes que recibiera y quizá le amase más por su brutalidad. Había en ella una vena extraña, o, por lo menos, primitiva.

—Está usted totalmente extenuada —dijo el joven al tiempo que se volvía hacia ella—. Voy a prepararle una yacija.

Lance rompió una brazada de ramas de cedro, la colocó en el suelo, la extendió y colocó sobre ella una manta. Cuando la joven se acercó, medio arrastrándose, la manta que la envolvía se le cayó. Madge no se apresuró a envolverse en ella nuevamente.

—¡Qué importa! —dijo pensativamente—. Ya me ha visto usted medio desnuda en dos ocasiones.


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