El Valle de los caballos salvajes

El Valle de los caballos salvajes

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Los mil y un salones de bailes y tabernas que Pan había conocido en su largo vagabundeo no podían compararse con aquél desde ningún punto de vista que se los examinase. Aquél era mucho más importante, más grande que los demás, y en él no existían las coacciones que la ley y el orden imponen. Montones de oro y de billetes de a cien dólares atestaban las mesas en que se jugaba a la ruleta, al faro o al póquer. Hombres de rostros pálidos y oscuras vestimentas se sentaban y movían temblorosamente las manos ante las mesas de juego. Hombres maduros, con el rostro cubierto de barba y jóvenes de rostros pálidos se inclinaban absortos sobre las cartas. Mejicanos, de miradas esquivas y solapadas, con sus altos sombreros picudos y sus ropajes de colorines haraganeaban observando, esperando… lo que Pan no pudo comprender. Mineros borrachos y en mangas de camisa cruzaban vacilantemente la puerta en dirección al mostrador o la calle. Un fuerte olor a whisky se mezclaba al del tabaco. Mujeres jóvenes, con el cuello y los brazos descubiertos, con los rostros, pintados, podían verse por todas partes; algunas, solas; otras, asediadas por los hambres.





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