El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Pan no dejó de percibir el efecto que la muchacha de ojos brillantes y labios rojos producía a los vaqueros, especialmente a Moran, quien, según recordó, había sucumbido siempre con facilidad a los encantos femeninos.
—Blinky, has bebido demasiado para que puedas bailar con una dama —observó, Louise.
—Bien, señorita, es cierto; pero ahora estoy tan sereno como nuestro amigo Panhandle —replicó ardientemente Moran.
La, joven movió negativamente la rizada cabecita, sonrió, se levantó de la mesa, se acercó a Pan y se apoyó en él, tanto con ansiedad como con nerviosidad.
—Panhandle Smith, te dejo con tus amigos —dilo—. Pero no vuelvas a entrar aquí…, porque si lo hicieses… olvidaré el sacrificio que quiero hacer por la pequeña Alicia. ¡Adiós!
Louise se inclinó y besó a Pan en los labios; después de haberlo hecho corrió sin volver la vista atrás.
Blinky se dejó caer sobre una silla, dominado por una suerte de desacostumbrada emoción, y miró cómicamente a Pan.
—Oye, compañero, antes eras un muchacho muy tímido para las mujeres —exclamó quejosamente.