El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —SÃ.
—¡Pero ahora somos un hombre y una mujer! Ésta es mi única posibilidad de encontrar la felicidad. No, te quiero…, no querrÃa quererte más que en el caso de que tú me quieras tanto como yo a ti. Sé sincera conmigo. Sé justa. ¿Me quieres ahora como yo te quiero?
—¡Dios mÃo! SÃ… —contestó ella de modo casi inaudible, mientras clavaba en él una mirada llena de remordimiento, de amor y de angustia.
Pan no pudo resistirlo. La apretó contra sÃ, la obligó a rodearle el cuello con los brazos, y se inclinó para besarla con fa sed y el hambre de besos que le habÃan producido los largos años pasados sin amor en la solitaria llanura. Ella no se resistió mucho. Este ataque obligó a la joven a salir de su abatimiento, de su debilidad y a responder ciegamente a aquel acto que desvanecÃa sus temores, sus dudas, y sus preocupaciones. Por el momento, cuando menos, Pan la habÃa conquistado.
Pan fue sacado del éxtasis de aquel instante por el golpeteo de unas herraduras y el crujido de unos matorrales que se quebraban. No habÃa podido todavÃa separarse de ella cuando un jinete con su caballo apareció ante los dos. Sin embargo, Pan reconoció al intruso y saltó para alejarse del banco con la instintiva rapidez defensiva que la vida le habÃa enseñado a adoptar en muchas circunstancias.