El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes La frialdad de la noche recordó a Pan que aún no había desenvuelto sus mantas, lo que intentó hacer cuando llegó Mac New para ofrecerle la información que tan sombríos pensamientos suscitó en él. Se acostó; mas, a pesar de los grandes esfuerzos que había realizado durante el día, el sueño no quiso acudir a sus llamadas.
Estaba tumbado bajo el techo transparente de una pantalla de ramas a través de la cual brillaban intensamente las blancas estrellas. Por espacio de diez años, o quizá de más tiempo, había dormido casi todas las noches a cielo raso, entre el viento y bajo la lluvia o la nieve, o bajo la observación de las vigilantes estrellas. Desde los primeros días de su vida en las llanuras había tenido la costumbre de observar a su vez las estrellas y preguntarse cuál era el mensaje que parecían transmitirle. Aquella noche las estrellas le llenaron de inquietud. Más allá de las elevaciones de la tierra, a pocas millas de distancia, las mismas estrellas brillaban ante la ventana de la pequeña estancia de Luty, acaso iluminando su hermoso rostro. Las estrellas semejaban decirle que las cosas no marchaban del todo bien en la imaginación ni en el corazón de Luty. No podía desechar este vago temor que fe atormentaba, y anhelaba que llegase la hora del amanecer para que la luz del sol despejase las enfermizas dudas y las sombras que llegaban hasta él envueltas en el manto de, la noche.
