El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes La calle estaba oscura en aquella dirección; solamente brillaban unas pocas luces. Blinky no cesó de mirar hacia atrás, hacia el lugar de donde procedía el alboroto, que se iba desvaneciendo poco apoco. Pan transportó a Louise a un paso rápido, como si la joven no pesase absolutamente nada. Al llegar al centro de la manzana inmediata de edificios, Blinky avanzó lentamente con el fin de inspeccionar las entradas a todas las casas. Llegaron a un sitio abierto y ligeramente iluminado. Pan leyó un letrero que recordó. Era la de la casa de huéspedes.
—Entra, Blinky —dijo inmediatamente—. Si encuentras a nuestro sacerdote, expulsa a todas las personas, menos a él, y llámame.
Blinky corrió a la casa. Pan puso a Louise en pie. No podía sostenerse sola.
—¡Vaquero…, desembózame! —dijo la muchacha mientras hacía un esfuerzo por quitarse la manta de la cara.
Pan volvió a colocarle la manta sobre los desnudos hombros y envolvió a la joven en ella, como si la prenda fuese un gabán. Temía que Louise se desvaneciese antes de que se hubieran realizado sus propósitos. La situación en que se hallaba Louise le dolía en el corazón.
—¿Qué haces, vaquero? ¿Qué esperamos? —preguntó ella—. ¿Nos sigue alguien?
