El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Aquellos dos lagos estaban siempre secos, excepto durante la primavera; y en aquellos días se encontraban llenos de hierba verde, que alfombraba la llanura hasta donde la vista podía alcanzar. El lunes, las largas hileras de reses se movieron entre nubes de polvo en dirección al lugar designado para hacer el rodeo. Cuando las manadas se reunieron, la propia llanura pareció moverse. Al hallarse reunidas tantas y tantas reses, componían un mar blanco y rojo, del que brotaba un incesante mugido confuso. Parecía imposible separar las terneras y las vacas de las otras cabezas de ganado. Pero docenas de arriesgados vaqueros, corriendo en sus caballos de acá para allá, pudieron muy pronto comenzar a hacer la separación.
Fue un espectáculo que entusiasmó a Pan mucho más que los anteriores. Los carros se hallaban alineados junto al lago, con las enormes cubiertas de lona blanca brillante el sol; y en la altura, sobre una elevación del terrestre estaban el «tunante» o carro dormitorio, tan lleno de pastos enrollados, que parecía un almiar. Más allá de orilla del lago, cuatrocientos hermosos caballos de silla ataban, coceaban y se mordían mutuamente. Y al otro o sonaban el estrépito que promovía la manada principal de la vacada, el ruido de los cascos de los caballos de los vaqueros, el griterío de los hombres y el mugido de las reses.