Guarida de ladrones

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Hacia el bosquecillo de algodoneros estaba más oscuro que boca de lobo, pero guiaron a Jim el rumor del agua corriente y el murmullo de las hojas. Por fin distinguió el joven una mancha sobre la negrura de la hierba y se acercó más.

—¿Dónde está usted, señorita Herrick? —preguntó en voz apenas perceptible—. Soy Jim Wall.

Oyó el ruido de botas que hacían crujir la arena, y logró divisar a Elena sentada sobre una cama a medio extender. El joven dobló una rodilla. Los ojos de Elena parecían más grandes y más oscuros en la blancura alabastrina de su rostro.

—¡Oh…! Tenga usted cuidado —murmuró ella—. Hays ha jurado que matará al primero que se me acerque.

—Lo haría si pudiera…, pero a mí no me mata —cuchicheó Jim—. Quería decirle a usted que yo la sacaré de aquí de un modo u otro. No pierda el ánimo, defiéndase…

—Tenía el presentimiento de que me salvaría usted —interrumpió la prisionera con suave y emocionada voz—. ¡Si yo hubiera escuchado sus consejos…! Pero no tenía miedo y dejé la ventana y la puerta de mi cuarto abiertas… Hays puso sus manazas sobre mí, para arrojarme fuera de la cama… Yo estaba atontada… Me ordenaron ponerme el traje de montar… Corrí a mi tocador…, pero no me dejaron cerrar la puerta… ¡Malvados!


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