Guarida de ladrones

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XI

Mientras proseguían la faena, propuso Smoky la construcción de un abrigo que resguardara de la lluvia y del sol a la prisionera, y Jim, afectando indiferencia, secundó la proposición, a la que Hays dio de mala gana su consentimiento. Así fue que antes de cerrar la noche terminaron la especie de tinglado en que Elena tendría algo más de comodidad.

—Convengamos en que el bosquecillo de algodoneros es propiedad particular de la señorita —añadió Smoky.

En general todos estaban bien dispuestos hacia la hermosa cautiva, y Lincoln, cuya acritud hacia el jefe, lejos de disminuir parecía haber aumentado, dijo en tono mordaz:

—Me atrevo a apostar que Hank querrá hacer de ese bosquecillo su propiedad particular.

—Pues no lo consentiremos —rezongó Smoky—. No es culpa nuestra el que esa muchacha esté aquí, pero ya que está… hemos, de cuidar de que se la trate como a una princesa.

Estas enérgicas palabras no hicieron mella en el jefe. Una vez cumplido su designio de traerse a Elena, no le faltarían recursos para coronar su obra.


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