Guarida de ladrones

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XII

Cinco días después falleció Latimer, tras de una breve mejoría, que hizo concebir nuevas esperanzas a sus camaradas. Murió solo, durante la noche, y al acercarse Smoky por la mañana, lo encontró ya rígido y frío.

—Tentado estoy de envidiar a Sparrowhowk —dijo con tristeza Smoky—. Maldito si vale la pena de vivir para hacer lo que hacemos.

Se le enterró con su mismo petate, sorteándose entre la cuadrilla sus demás pertenencias.

—¿Qué habéis hecho con el dinero que le habéis encontrado encima? —preguntó Hays.

—No hemos encontrado ninguno. Latimer nos lo entregó a mí y a Jim hace pocos días —contestó Smoky.

—Pues lo mejor será que lo repartáis.

—¡Ya hablaremos de eso!, —fue la ambigua respuesta de Smoky sin separar los penetrantes ajillos negros del jefe.

—¿Por qué?

—Porque, Latimer nos lo entregó, no para que lo repartiéramos, sino para que lo guardáramos.

—Dile a Hays la otra razón, Smoky —apuntó Jim.

—Aguardemos un poco, Jim… No corre prisa… y no estoy seguro de que el difunto verdaderamente deseara que habláramos.


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