Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Jim, que durmió mal el resto de la noche, levantóse a la mañana siguiente muy temprano y se puso a encender la lumbre. Le oyó Happy, cuya cama estaba inmediata a la cantina, y vino a reunirse con él, silbando alegremente, según su costumbre.
—Dios te pague la buena obra, Jim —dijo Happy, interrumpiendo el matinal concierto—. Mucho me gusta el guisar, pero desde niño tengo un odio mortal a encender la lumbre.
—Eres un mastuerzo, Harry —contestó Jim—. ¿Cómo puedes silbar y perder el tiempo diciendo tonterías cuando sabes que la cuadrilla está a punto de disolverse?
—Convenidos, pero ¿qué voy yo ganando con apurarme y poner la cara larga? —replicó filosóficamente el cocinero—. Cuando un nombre llega a tener cierta edad, le da por una cosa o por otra. Mira a Brad, vivía para el juego y el juego le trajo la muerte. Mira a Hays, el amor al robo le privó de todos los amores haciéndole perder esposa, familia, rancho y consideración, y mírate a ti, Jim, que vives como lobo solitario con la mano siempre impaciente por soltar una bala.
—¿En ese aspecto me consideras? —preguntó Jim, sinceramente sorprendido.
—Yo veo muchas cosas que me callo.
