Guarida de ladrones

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I

En una tarde de primavera, en el año 1877, un solitario jinete avanzaba por las desiertas laderas que conducen al vado del Río Verde.

Era un joven respecto a los años, pero su rostro tenía la dureza y sus ojos la mirada de águila que la experiencia suele dar a la edad madura en aquellas salvajes tierras. Montaba un soberbio caballo bayo, cubierto de polvo, rendido por lo prolongado de la jornada y un tanto cojo. El jinete debía de tener considerable peso, a juzgar por su alta estatura y el amplio desarrollo de sus hombros, a lo que se ha de añadir la silla, y el rifle y un voluminoso petate. De vez en cuando el joven miraba por encima del hombro a la grandiosa pared de granito parecida a un colosal estante de libros con las hojas a medio abrir. Era la mirada firme y vigilante del hombre que deja atrás muchos acontecimientos. Llegó por fin a una carretera; pronto descubrieron sus ojos la linde de un bosque de algodoneros, y el reflejo de das cenagosas aguas del río, que habían logrado abrirse paso a través de la gigantesca muralla de piedra. En los confines de la orilla opuesta, un poco elevada sobre el nivel del agua, se veía una mancha verde que rodeaba un montón de casas perdido en das vastas proporciones de aquel desierto paraje. Era la ciudad de Río Verde, en el Estado de Utah.


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