Guarida de ladrones

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XIX

Antes de amanecer, ya había adquirido Jim el convencimiento de que el paraíso que le ofrecía Elena, no era más que la gratitud de una mujer generosa. Además, aún no había recobrado su perfecto equilibrio… Sería infame el aprovecharse de las circunstancias… Para su tranquilidad, la acompañaría al Rancho de la Estrella, cuidando de no abordar de nuevo ese peligroso e imposible tema, y cuando la hubiera dejado en su casa, se alejaría en la misma noche, para que el silencio fuera su despedida.

Al salir el sol, Jim puso en conocimiento de Tasker su deseo de partir para Torrey, siempre que Elena estuviera en disposición de aguantar el viaje.

—Creo lo más prudente que yo os acompañe por la orilla del Pantano Grande hasta Torrey —propuso el mormón.

Esto complació en extremo a Jim. Un día entero, con su cambio de escenas y variedades de incidentes, más la compañía del bondadoso colono, le haría más tolerable el cumplimiento del deber que se había impuesto.

Durante el almuerzo y la agitación de los preparativos de marcha, Jim estaba seguro de que Elena le observaba, encontrando algo extraño en él, y no se atrevía a soportar la mirada de sus pensativos ojos.

Pronto emprendieron el camino. Elena, cómodamente instalada en los asientos de detrás, y los dos hombres en el pescante.


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