Guarida de ladrones

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III

Jim despertó saludado por una roja salida de sol. El joven arrolló su petate llevándole a la cuadra, donde el bayo le recibió con un suave relincho. El agua que había en el cubo estaba cubierta por una ligera capa de hielo.

Cuando poco después entró por la puerta trasera en el local del Rojo, vio que Hays, Happy y Brad le habían precedido.

—¡Buenos días! —gritó el primero alegremente—. ¿Verdad que hoy huele el aire a primavera?

—Buenos días en general —contestó Jim—. Sí, me parece que me va a gustar esta tierra.

—Lo único malo que tiene este rincón de Utah es el trabajo que cuesta alejarse de él. Nosotros acostumbramos a pasar aquí los inviernos, pero en verano hay que irse a otra parte, porque el calor es infernal. Pero siempre vuelvo con gusto.

Concluido el almuerzo, dijo el jefe:

—Brad, ve en busca de los caballos de carga. Tú, Happy, procúrate una montura y nos encontraremos junto a los almacenes, lo más pronto que podáis… Jim, vente conmigo.

—Hays…; yo necesito comprar algunas cosas…

El ladrón puso un puñado de billetes en la mano de Wall, sin preocuparse de saber a cuánto podía subir la cantidad.


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