Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Hasta la mañana siguiente no tuvo ocasión Jim de hacer un minucioso escrutinio de los cuatro miembros del equipo de Hays.
Su primera impresión fue que ninguno de ellos habÃa sido nunca vaquero, lo que hacÃa algo incongruente su presencia en un rancho. Tampoco ninguno de los cuatro cumplirÃa los treinta años. Tanto durante el almuerzo como después, en el porche, Wall conversó largamente con el cuarteto. Aunque no habÃa convivido jamás con semejantes tipos, sabÃa cómo tratarlos.
El más viejo, que llevaba el nombre de Mac, era un hombre de rostro cadavérico, piel viscosa, y ojos de vampiro. Siempre estaba frotándose y retorciéndose las manos, flacas y huesudas, pero fuertes.
—¿De dónde vienes? —preguntó a Wall.
—De Wyoming —contestó afablemente el mozo.
—Me atrevo a apostar que eres de Texas.
—Es gracioso que todos me tomen par tejano, cuando nunca he estado en esas tierras.
—Gracioso no lo es —replicó el otro con una carcajada—. Al menos para Smoky, ¡ja…!, ¡ja…! SÃ, no cabe duda, tienes facha de tejano.
—Supongo que eso no me perjudicará aquÃ, ¿eh? —Al contrario, me atrevo a decir.
